Testimonio Jazmin

Cuando Rodolfo iba a nacer yo tenía muy claro que quería un parto, un nacimiento lo más natural posible, sin intervenciones que resultaran agresivas, incluso, sin anestesia. En mis planes no estaba elegir la fecha del nacimiento de mi bebé, ni programar una inducción.

A pesar de que durante todo el embarazo las cosas fueron marchando sin ningún problema, al llegar la semana 35, mi gine me mandó una prueba “Sin estrés” y justo ahí comenzó mi estrés, irónicamente. Las revisiones eran más frecuentes y entre la emoción, la ansiedad y la incertidumbre yo no sabía qué onda. Me urgía conocer a mi bebé, al mismo tiempo que estaba determinada a esperar el momento en que él quisiera nacer.

A la semana 38 yo ya tenía todo listo, cuarto, maleta, plan de parto, doula, gine, plan para visitas, mi mamá, que vive en otra ciudad, ya estaba aquí lista, etcétera. Pero no, Rodolfo no tenía planes de nacer todavía, así que me armé de paciencia para los siguientes días, yo pensaba que serían máximo unos 10 o 15.

Cerca de la semana 40 hubo luna llena y yo estaba segura de que de acuerdo a la creencia popular, eso podría hacer que se desencadenara el parto, nada sucedió. Entonces por primera vez apareció en el mapa una posibilidad: inducir el parto, ya antes en algún momento Jazmín nos lo había mencionado, pero nunca había resultado como una opción para nosotros realmente.

Pensar en la inducción me generaba mucho conflicto, por un lado era comenzar con una intervención decidida por nosotros (mi esposo, mi gine y yo), por otro lado, implicaba renunciar al romanticismo, a la incertidumbre y a la expectación de cómo se desencadenaría el parto, a mí me generaba conflicto además el pensar en “no respetar los tiempos de mi bebé”, que era una de las decisiones más firmes que habíamos tomado mi esposo y yo. Esa semana buscamos alternativas, fuimos con las parteras, tomé homeopatía, varias sugerencias naturales suyas y de mi doula, con la intención de “favorecer naturalmente que se desencadenara el parto”, pero no sucedió nada, nada, nada.

Fuimos a otra prueba “Sin estrés” y todo estaba en santa calma, nada de contracciones y Rodolfo perfecto, pero acá afuera la tensión y la expectativa crecían. Platicamos entonces de la posibilidad real de inducir el parto, queríamos esperar lo más posible para dar chance de que naciera cuando quisiera, pero él seguía muy cómodo y tranquilo. Llegamos a las 41 semanas y decidimos que sí induciríamos.

***Se presentó entonces otra complicación, Jazmín necesitaba intervenirse en esos días, me derivó con la Dra. Giovanna, pero me dijo que si la esperaba al domingo (cuando cumplíamos 42 semanas), entonces contara con ella para la inducción.***

Nos dimos cuenta de que en ese momento la inducción era una decisión respetuosa y responsable, pues aunque la Dra. Jazmín nos presentó la opción de seguir esperando si así lo queríamos, nos dijo también que el monitoreo debía ser ya súper constante, casi diario, y eso comenzaba a ser desgastante, pues cada vez era lo mismo “todo está bien, no hay cambios”, nos explicó también cómo era el proceso de inducción y sus riesgos, uno de ellos que a mí me daba mucho miedo, era que podía terminar en cesárea si mi cuerpo no respondía a la inducción, etc.

Comenzamos la inducción entonces con 42SDG el domingo 7 de junio de 2015 a las 4 de la mañana con la primera dosis de medicamento, volví a dormirme, sabía que esa dosis no me haría mucho, así que necesitaba descansar. A las 8am fue la siguiente dosis, seguía en casa tranquila, desayuné, me bañé y cerca de las 10 comencé a sentir contracciones tipo cólicos menstruales, casi había olvidado ya esa sensación después de 9 meses. Muy poquitito después arrojé el tapón y sentí un vuelco en el corazón, parecía que sí, ahora sí había comenzado, llamé a mi gine y a mi doula. Mi mamá había salido pues pensaba que comenzaríamos la inducción a media mañana y desconocía a profundidad el proceso, mi esposo tampoco estaba, había ido a votar.

 

En ese momento, sola con mi bebé abrazado con mi cuerpo y mis manos, sabía que ese momento que tanto habíamos soñado y esperado había iniciado, quizá motivado por el medicamento, pero estábamos listos y seríamos él y yo la base del equipo.

Jazmín me dijo que nos veríamos en el hospital como a las 12.30, mi doula me preguntó si quería que llegara a mi casa y le dije que sí, que la necesitaba aquí. Al poquito rato llegaron mi mamá y mi esposo, a ella no le dije todo, solamente que ya habíamos comenzado y que había hablado con Jazmín y Diana. Llegó también mi esposo y a él le di más detalles, le dije del tapón, que Diana venía en camino y que Jazmín nos esperaba en el hospital. Él se sorprendió de mi claridad y de la aparente velocidad.

Poco después llegó mi doula y cargamos el carro para irnos, yo estaba en mi cuarto sentada en una pelota grande que me ayudaba muchísimo a estar cómoda y sentir las contracciones sin mayor molestia. Recuerdo que sentados en la cama, nos dijo “pues sí, ya comenzó, pero denle tiempo, quizá en la noche o mañana temprano conozcan a Rodolfo”, nos volteamos a ver y nos dijimos con una mirada “¿en serio? ¿todavía esperar tanto más?”, un día más ya nos parecía eterno, pero no le hicimos mucho caso y seguimos con lo que en ese momento estábamos.
En el momento en el que nos subimos al carro mi mamá me despidió cariñosamente y arrancamos, “se me rompió la fuente” y se lo dije a mi esposo y mi doula, él me vio sin saber qué decir, ella se remitió a decirme, “muy bien” y yo no sabía si tenía que hacer algo extra, pero creí que no. Las contracciones comenzaron a subir de intensidad y el camino no ayudaba, pero llegamos al hospital sin problema, gracias al tránsito feliz de domingo por la mañana.

En el hospital estaba ya Jazmín, que me recibió con una sonrisa y toda la tranquilidad del mundo para revisarme, yo ya iba medio acelerada, pero ella no tenía ninguna prisa, hoy que lo pienso, era el reflejo de Rodolfo que solamente permitía que todo sucediera, estaba ahí, presente, activa, pero nunca agresiva.

Al revisarme me dijo que ya tenía 5 de dilatación, así que yo pensé, “si ya llegamos aquí tan tranquilos, pues ya sólo falta la mitad, un ratito y listo, un poquito más de intensidad y listo”, no sabía lo que venía. Ingresamos al cuarto del hospital, el escenario listo y previsto para que mi chaparrito conociera la luz, me senté en la pelota y seguí ahí un buen rato. Avisamos que era momento de que trajeran la tina para instalarla, de verdad yo sentía que faltaba media hora para que Rodolfo naciera, pero no, era un poco más. Las contracciones estaban establecidas, pero suficientemente espaciadas para que yo pudiera disfrutar la música, cantar, balancearme, intercambiar miradas, recibir masaje e ir sumergiéndome en la complejidad del nacimiento humano.

Había platicado mucho con mi bebé, todo el embarazo, pero fundamentalmente estas últimas semanas en las que no entendíamos qué sucedía y en ese momento no podía hacer otra cosa que pensar en que podíamos, en que él sabía cómo y yo estaba aprendiendo.

Jazmín me revisó, ya tenía 8cm, “de 8 a 10 ya no falta nada, si hasta aquí ha sido tan cómodo y tranquilo el último pasito no puede ser distinto, pensé”. Hoy sonrío frente a ese pensamiento y a veces no puedo evitar reír un poquito. La tina ya estaba lista y me metí un rato, disfruté muchísimo el agua mientras mi esposo me daba masaje en la espalda y las gotitas me recorrían los brazos y el cuello, creo que es de los recuerdos más placenteros de ese día, saber que estábamos juntos y disfrutando el nacimiento de nuestro bebé.

La tercera y la cuarta dosis de medicamento ya no fueron necesarias, yo estaba en franco trabajo de parto y una parte de mí se sentía tranquila y aliviada de “no más intervenciones”, las contracciones estaban subiendo de frecuencia e intensidad y pensé que ya era momento, que ya esos 2 centímetros venían solitos, que ya nomás se trataba de pujar, en ese momento de la mano y mirada de mi doula aprendí a respirar, pero no, Rodolfo no nacía y yo sentía que solamente estaba cansándome y no avanzábamos nada.
Vino entonces el primer ofrecimiento de anestesia, que rechacé sin pensar nada, salimos de la tina y fuimos al baño, me gusta pensar en esta parte como en un volcán, que quieres conocer, al que te acercas, pero que te da pavor porque está en erupción, frente al que no sabes qué hacer, que quieres disfrutar pero el cuerpo no te deja, mi respiración cambió muchísimo y es que las contracciones eran ya muy fuertes y no había forma de descansar entre una y otra. No sabía qué hacer, no sabía cómo estaba, solamente tenía miedo y dolor, vino entonces el segundo ofrecimiento de anestesia y no sé qué dije pero pensé “no quiero, tengo miedo”, tenía miedo porque sabía que estaba en un punto de angustia que ya conocía y el que necesitaba desconectarme y volver a empezar, cosa poco realista a medio parto.

Mi doula y mi esposo voltearon a verse y él salió a hablar con Jazmín, lo escuché explicarle cuál era mi terror frente a la anestesia, tengo una lesión a nivel lumbar y me daba muchísimo miedo que me la pusieran mal y hubiera secuelas, ella le dijo que no me preocupara por eso, que estaría en buenas manos, él volvió conmigo al baño y me lo dijo, yo asentí y ansié que la anestesióloga entrara en ese momento, pero no, hubo que esperar un poco más.
Recuerdo que en medio de la fase del volcán, hubo un instante que me dio todo el aire y toda la fuerza que me hacía falta entonces, mi esposo me tomó de las manos y me vio a los ojos, sonrío y me dijo “Vas a ser mamá” y entonces fue como si dentro de todo lo que no sabía cómo expresar ni qué hacer en ese momento se transformara y se metiera en un recinto grande grande, como un auditorio en forma de burbuja, en el que ya éramos mi bebé, yo, mi esposo, mi doula, mi gine, su asistente, y estaba entrando la anestesióloga. Yo no pensé nunca que fuéramos a ser tantos, pero éramos justo los necesarios, independientemente de los planes previos.

Salí del baño hacia la cama en medio de contracciones y cansancio, me acosté de lado y sentí unas manos y una voz que no conocía, pero que eran lo que necesitaba en ese momento, intenté quedarme quieta pero no fue posible la primera vez, se atravesó una contracción, la segunda vez sí pude y no recuerdo la sensación física, pero sí su voz, me dijo “la parte mecánica ya está lista, ya solamente ponle corazón”, fue como una lluvia tibia instantánea, como esa que se ve en la pradera tranquila, copiosa y en paz, fue como poder respirar profundo y tranquila otra vez, esa herramienta a la que tanto miedo le tenía, mucho tuvo que ver en que yo pudiera tomar aire y volver a comenzar.

Me quedé acostada así un rato, comencé a sentir las piernas raras y me dijeron que era normal, me dio algo de comezón pero mi corazón estaba más tranquilo, me preguntaron qué quería y dije que quedarme sola con Juan Diego, y vino la paz otra vez, y platicamos un poquito, y me acarició, y me acompañó, y me acurruqué, y me dormí sobre la pelota, sobre la cama, y se terminó la música, y la puso de nuevo; estábamos a media luz y de pronto abrí los ojos y pensé en mi mamá. Y le llamé por teléfono y le dije que íbamos bien, que estábamos esperando el momento. Eventualmente entraba alguien del equipo a revisarnos y a preguntar si necesitábamos algo, ellas siguen diciendo que pasó más de una hora, para nosotros fueron como 20minutos en el paraíso.

Entonces estuve lista y le pedí que les avisara, Rodolfo ya iba a nacer, salió y las llamó, entraron y me ayudaron a bajar de la cama para entrar de nuevo a la tina, ahí me sentía tranquila y acompañada, ahí quería estar. Muy pronto vinieron las ganas de pujar, estaba sola en la tina y poco después le pedí a mi esposo que entrara y sabía que ahora sí, en la siguiente o en 2 más, comencé a hablar con Rodolfo, le dije que podíamos juntos, que estábamos listos, que él sabía, que me enseñara, que me ayudara. En una contracción salió su cabeza y recuerdo esa sensación maravillosa de conocerlo mientras se asomaba a través de mi cuerpo, de hablarle y sentir que estábamos a instantes de abrazarnos, vino una contracción más y luego él; al tiempo que sentía mi cuerpo arder por dentro, mis manos recibían a ese niño tan amado, traía el cordón enredado y se lo quitaron, pude abrazarlo y su papá le dio la bienvenida, lloraba, lloraba anunciando que ya estaba aquí.

Pero el parto no había terminado, faltaba una parte difícil, pero que es la que hoy me hace consciente de la grandeza del trabajo en equipo.
Yo no me daba cuenta, pero estaba sangrando muchísimo, mi esposo y mi doula me ayudaron a levantarme para salir de la tina rumbo a la cama para alumbrar la placenta, ella me tomó de los brazos y me preguntó “¿Cómo estás?”, yo le contesté “Muy cansada” y me desvanecí, me subieron desmayada a la cama y recuerdo que desperté pensando que había pasado ya mucho tiempo, casi como si fuera otro día, pero al verlos alrededor de mí y darme cuenta de que justo acababa de nacer mi bebé, tuve miedo otra vez, miedo porque nunca me había desmayado, miedo porque veía sangre por todos lados, me pusieron a mi bebé en el pecho y estuvimos mejor, pero un poco después se lo llevó la pediatra para revisarlo mientras a mí me atendían, sentí salir la placenta y luego solamente recuerdo el cuerpecito tibio de mi bebé por momentos, las voces del equipo en otros, que canté dando gracias, que les conté mi historia de amor, que algo contaron ellas también de las suyas, y sangre, mucha sangre, que pedían oxitocina y entraban y salían con gasas y paseaban sábanas rojas.

Tenía miedo de volver a cerrar los ojos, no sabía bien qué pasaba, ellas hablaban y trabajaban entre ellas y a veces conmigo, siempre una de ellas conmigo y con mi esposo. Ahí sí sentí que pasó mucho tiempo. Hasta que vi el informe del seguro supe que había tenido una atonía uterina y que eso era grave, bastante, supe también de casos en los que una complicación como esa terminaba en una intervención para quitar la matriz, o en complicaciones más severas.

Supe entonces y sé ahora que esas mujeres estaban medianamente tranquilas porque sabían qué hacer, porque trataron alternativas y consiguieron que parara la hemorragia, supe que podía confiar en ellas porque en mi condición más vulnerable se amarraron a mi vida como yo, porque la próxima vez tendré la certeza de su calidez, su profesionalismo, su paz y su claridad en la acción.

 

Durante todo el embarazo soñé con ese momento y estuvo muy lejos de mis sueños, pero muy cerca de la profundidad que yo quería vivir, me encontré con una realidad que no esperaba, que no esperaban ellas, ni nadie, pero que estuvimos listos para vivir juntos todos, porque al menos por ese día, fuimos un excelente equipo para nacer.